martes, 1 de junio de 2010

Corpus Christi



Corpus Christi (latín: 'Cuerpo de Cristo') o Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (antes llamada Corpus Domini ('Cuerpo del Señor') es una fiesta de la Iglesia Católica destinada a celebrar la Eucaristía. Su principal finalidad es proclamar y aumentar la fe de la Iglesia Católica en Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento. La celebración se lleva a cabo el siguiente jueves al octavo domingo después del Domingo de Resurrección (es decir, 60 días después del Domingo de Resurrección; formalmente es el jueves que sigue al noveno domingo siguiente a la primera luna llena de primavera del hemisferio norte).
Las celebraciones del Corpus suelen incluir una procesión en la que la hostia, el mismo Cuerpo de Cristo, se exhibe en una custodia.
El domingo, 6 de junio, celebramos la gran fiesta cristiana del Corpus Christi y la Iglesia en España celebra también el Día de la Caridad.
“Ofrece, sin pedir nada a cambio”, es el lema para esta jornada anual. Se pone este ofrecimiento generoso en relación directa con la Eucaristía.
En la Carta Apostólica Mane Nobiscum Domine explicaba el querido y venerado Pontífice, Juan Pablo II, que la Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia, sino también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística, la Iglesia renueva su conciencia de ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad también del género humano.

Añadía el Papa que hay un aspecto que refleja especialmente la autenticidad y eficacia de nuestras celebraciones eucarísticas: si desde ellas nos vemos impulsados “a un compromiso activo por la edificación de una sociedad más justa y fraterna” (n. 27)

Esta es la razón fundamental de unir a las celebraciones de la solemnidad del Corpus Christi, el Día de la Caridad. Sin la Caridad, la Eucaristía será siempre un culto vacío, y la Caridad, sin la Eucaristía, se reducirá a pura filantropía y acción social. Para el cristiano el cuerpo de Cristo, partido y repartido, y su Sangre, derramada en la cruz, serán siempre su alimento espiritual como signo y fuente perenne de nueva vida. La Eucaristía es prenda de vida eterna (cf. Jn 8, 55) y manantial inagotable de amor fraterno.

Es el Hijo de Dios quien se nos ofrece sin pedir nada a cambio, y esa misma moneda de amor es la que el cristiano ofrece al necesitado, de bienes, de ideas, de sentimientos, de vida, de amor...

Los gozos y esperanzas, angustias y tristezas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres, deben encontrar siempre un eco sonoro y respuesta generosa en el corazón del discípulo de Cristo y de su Iglesia.

Desde los tiempos de Jesús, la comunidad cristiana, ha procurado estar siempre apoyando en los pobres de todos los tiempos. Sin los pobres, el mensaje de Jesucristo no se entendería. También en nuestros días caminamos los cristianos en esta dirección.

Decía hace pocas fechas, el Papa Benedicto XVI en su reciente viaje a Malta, y se lo decía a los jóvenes cristianos: “hemos de socorrer al pobre, al débil, al marginado. Tenemos que preocuparnos especialmente por los que pasan momentos de dificultad. Debemos atender a los discapacitados y hacer todo lo posible para promover la dignidad y calidad de vida en todos los que precisan ayuda. Debemos prestar atención a las necesidades de los inmigrantes y de quienes buscan asilo en nuestra tierra. Tender una mano amiga a creyentes y no creyentes. Es nuestra vocación del amor que hemos recibido...” (18 de abril de 2010). Pero antes había fundamentado este proceder cristiano: “En la muerte y resurrección de Jesús, que se hace presente cada vez que celebramos la Misa, en que ofrece a todos la vida en abundancia”.

Acercarnos al que se queja, aportar nuestro bálsamo, desprendernos de unos denarios, implica hacer el bien, hacer presente a Cristo en esos rostros y ver a Dios en sus vidas.

En estos momentos las peticiones a Cáritas nos desbordan. “Envíenos alimentos” me decía hace pocas fechas una voluntaria de Cáritas en una Parroquia. Se agotan los recursos para “dar de comer al hambriento” y, el Señor, en esos hermanos nos tiende su mano y solicita amor.

El programa organizado de la Caridad en nuestra Iglesia es la tarea de las Cáritas, en todo su conjunto. Gracias a sus responsables y voluntariado. Gracias por tanta generosidad en “ofrecer lo que tenemos, sin pedir nada a cambio”. La Caridad todo lo puede.

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